Permitidme una analogía que creo que captura la esencia del problema. Imaginad que vuestro negocio hortofrutícola es un castillo de arena construido al borde del mar.
Lo habéis construido con esfuerzo: torres perfectas, murallas bien definidas, un foso elegante. Pero estáis en la playa, y las olas no dejan de llegar. Cada ola que rompe erosiona un poco las murallas, desdibuja los contornos, arrastra arena del foso. No hay maldad en las olas, simplemente hacen lo que hacen. Y si os sentáis a admirar vuestro castillo sin hacer nada, en pocas horas no quedará más que un montículo informe.
Para mantener el castillo en pie necesitáis estar constantemente reconstruyendo, reforzando, añadiendo arena donde se ha perdido. Gastáis energía sin parar solo para mantener lo que ya teníais. No para mejorar, ojo: simplemente para no empeorar.
Esta es la realidad del sector hortofrutícola. Las olas que nos golpean son múltiples: el clima cambiante, las plagas que mutan, los mercados que fluctúan, la rotación de los trabajadores, la información que caduca, los procesos que se degradan. Y nuestro castillo, nuestro negocio, requiere un esfuerzo constante de reconstrucción solo para mantenerse en pie.
Pues eso es la entropía cebándose con nuestro negocio. La Segunda Ley de la Termodinámica, que es como se conoce formalmente este principio, nos dice que la entropía del universo siempre aumenta. Que para crear orden, hay que invertir energía. Que para mantener el orden, hay que seguir invirtiendo energía. El desorden, en cambio, es gratis. El universo, irónicamente, lo regala.
Pero aquí viene el matiz crucial: no todos los castillos de arena se construyen igual de cerca del agua. No todos los negocios son igual de entrópicos. Y el sector de las frutas y hortalizas, por una acumulación de características específicas, está construido prácticamente en la línea de costa.
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